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El poblado vascón de Iruña, un viaje a la historia

Por María García-Barberena, arqueóloga de Gabinete Trama e integrante del equipo Occidens

Antes de que Pamplona fuera Pamplona, o mejor dicho, Pompelo, existía, en el área ocupada actualmente por el conjunto Catedralicio, un poblado que data de principios de la Edad del Hierro, hacia el siglo VII a.C. La arqueología nos ha facilitado algunos datos de cómo sería la primitiva Iruña, así llamada por los vascones. Nuestro poblado estaba defendido por un doble foso y, suponemos, por una muralla o quizá empalizada que completaría la defensa. Sus casas eran de planta cuadrada como así lo atestiguan los restos localizados en las naves de la catedral en los años 90. Las viviendas de la Edad del Hierro se construían generalmente de adobe, con un poste central y varios secundarios, más pequeños, que sujetaban la techumbre. En la sala de arqueología de Occidens podemos ver algunos de estos postes que nos permiten imaginarnos cómo eran sus casas. Junto a los postes, podemos ver también un tramo empedrado de una calle, la más antigua de nuestra ciudad, y que nos habla de un cierto desarrollo urbano del poblado.

 

Los arqueólogos nos adentramos en las casas y calles de las gentes del pasado para saber aquello que no nos cuenta la Historia, para conocer cómo vivían nuestros antepasados. Podemos asegurar, por ejemplo, que al menos desde el siglo II a.C. los habitantes de este poblado tenían relaciones comerciales con el resto de la península ibérica y el mediterráneo, gracias a la localización de recipientes cerámicos de importación itálica y celtibérica. En escasas ocasiones los hallazgos arqueológicos además nos permiten ir un poco más allá y traspasar el conocimiento de la vida cotidiana, para conocer sus sensibilidades y creencias. Uno de estos excepcionales hallazgos se encuentra en la sala de arqueología de Occidens. Junto a algunos hoyos de poste que formaban parte de una vivienda, se ha excavado un enterramiento infantil. Se trata de un perinatal, de aproximadamente siete meses de gestación, que murió durante el parto o muy poco después de que este se produjera. Durante la Edad del Hierro se practicaba el ritual funerario de la incineración, enterrando después las cenizas del difunto dentro de una urna. Sin embargo, cuando se trataba de enterramientos infantiles, normalmente de individuos muy jóvenes, de pocos meses de vida, la costumbre era enterrarlos mediante el rito de la inhumación, dentro de las casas, próximos al hogar. El origen de esta costumbre parece responder a razones espirituales y sentimentales. En la sociedad griega, la inhumación se reservaba a los niños, al considerarse que el contacto con la tierra facilitaba en retorno al seno materno y el niño, por tanto, podía renacer. También en esta y otras culturas el fuego del hogar simbolizaba la vida colectiva del clan o familia, por ello se enterraba a los niños próximos al mismo, para que de alguna forma participasen de la unidad familiar y también la preservasen. De lo que no cabe duda es que estas creencias se sustentaban en el fuerte vínculo afectivo que se tenía con los recién nacidos, y en la intensidad emocional con que se sentía la pérdida de los más pequeños.